

Buenas tardes noches a todos y todas.
¿Cómo os encontráis?¿Qué tal ha ido el verano?¿Habéis tenido vacaciones?¿Ya habéis vuelto a la vida “normal”?. Pues espero que todas y todas os econtrés bien, que los que hayáis podido disfrutar de vacaciones lo hayáis hecho de verdad, y a aquellos que no las habéis podido tener, pues os deseo que el día a día que vivís sea lo más parecido a unas vacaciones, casi de lujo.
El título que he utilizado para el escrito de hoy, “Como decíamos ayer….”, tiene un sentido muy profundo para mi, y os lo quiero explicar desde el cariño…, espero hacerme entender, que todavía ando un poquitín torpe.
Yo estudié mis primeros años en el Colegio Ntra. Sra. Del Carmen en Antequera, colegio que con todo el cariño le llamábamos y se le llama, “Los Carmelitas”. Seguro que muchos y muchas de vosotros lo conocéis, y era un colegio como los de antes, de “Curas”, pero al que yo le tengo todo el aprecio del mundo y unos maravillosos recuerdos de mi infancia. Pues un día me ensañaron que un señor llamado Primo de Rivera, que tenía que ser un señor un poco “riñón” porque fue un “Dictador”, la tomó con D. Miguel de Unamuno, grandísimo escritor de la Generación del 98, una de las figuras literarias más distinguidas y enorme pensador de la España del comienzos del siguió XX. ¿Y por qué la tomó con él? Porque publicó unos artículos en los que criticaba al nuevo régimen y como resultado, Unamuno fue destituido de su puesto en la Universidad de Salamanca y forzado a vivir exiliado en las Islas Canarias, y más tarde en París, con su familia. Tras la caída de la dictadura de Primo de Rivera en 1930, ¡¡que menos mal que las dictaduras caen¡¡, Unamuno volvió a su puesto en Salamanca. Y tal y como había hecho cuatro siglos antes Fray Luis de León, otro “máquina” de nuestra gran historia, comenzó su primera clase de vuelta a la Universidad con un …….“Como decíamos ayer…”, como si nada hubiese sucedido.
Pues así quería empezar hoy mi escrito, como si nada hubiese sucedido, aunque sí me han pasado cosas, y he de anticiparos, antes de contaroslas, que el final es bueno, muy bueno, no os vayais a poner a llorar antes de la cuenta (jejejeje).
Todos conocéis mi historia, más o menos, pero la conocéis. Sabéis que hace ya tres años luché con “capa y espada” contra un tumor en la cabeza, al que vencí, vencimos (te quiero Papá¡¡¡) después de una gran guerra. Y que como todas las guerras, tuvo sus batallas, unas difíciles y otras….., más difíciles, que pese a vencerlas, me dejaron sus cicatrices, cicatrices que aún todavía “sangran” y hacen que yo y los míos lo suframos sin remedio.
Desde que me operaron y superamos las quimios, radios y “yo qué se más”, poco a poco he ido mejorando, una mejora que durante tiempo he podido compartir con todos y todas vosotras, pero una mejora que me hacía tener cinco, séis o siete ataques de ansiedad diarios, y no exagero nada con la cifra. Unos ataques que empezaban sin venir a cuento, sin esperarlo, sin comerlo ni beberlo, en cualquier situación, que surgían en mi barriguita (mis tabletas de chocolate, del blando claro¡¡¡¡), que subían por el pecho, pasaban por mi garganta, y llegan a mi cabeza, haciendo que durante milésimas de segundo perdiera la noción del instante que estaba viviendo, y después desaparecía, dejándome muy cansado, muy pero muy cansado, como los amantes después de horas de pasión, pero claro está, sin el gustito correspondiente.
Me llegó a afectar tanto que hasta tuve que dejar de escribir, porque lejos de ser un placer, como lo está siendo ahora mismo, me costaba sangre sudor y lágrimas, y tuve que dejarlo. No era normal¡¡¡¡¡. Mis médicos, que son varios, insistían que eran ataques de ansiedad, y toma pastillita de ansiedad que se tomaba el niño…. Y el niño que soy yo, después de madurar en su propia enermedad, se dio cuenta que eso de los ataques de “ansiedad” iba a ser que no…,
Como soy un don erre que erre, ya me conocéis, hace dos meses fuimos nuevamente de ruta turística por los médicos del Sagrado Corazón de Sevilla, y después de un montón de pruebas, de máquina aquí y cabecita para allá, llegaron a la conclusión que lo que me ocurra no era que me estuviesen dando ataques de ansiedad, sino “ataques epilépticos”. Un ataque epiléptico en el que ni se tiembla ni se echa espuma por la boca como los vampiros, pero unos ataques epilépticos en toda regla. Y sinceramente he tenido toda la suerte del mundo, tras ponerme un tratamiento a tal efecto, los ataques han desaparecido, me estoy recuperando nuevamente como persona, como el Nacho que era y que soy, (he escrito “Nacho” y no “Macho”, no vayamos a confundirnos……), y en resumen, mi calidad de vida y la de los míos ha mejorado muchísimo, “¡¡¡vuelvo a casi ser yo¡¡¡”.
(Y digo “casi” porque el cacho de cabeza me falta, eso ni con plastilina de los niños se puede arreglar).
En fin, una vez que os he puesto al día de mi vida, quería daros las gracias a muchos de vosotros y vosotras que no habéis parado de escribirme y pedirme que de vez en cuando comparta mis experiencias con todos, así que pienso seguir haciéndolo, todas las veces que pueda, “palabrita del Niño Jesús”.
Me despido de todos vosotros hasta la próxima vez, que espero que sea pronto, lo estoy deseando, y ya sabéis, no olvidéis darle un beso enorme a la persona que tenéis a vuestro lado cuando llegue el momento de ir a dormir, y si no tenéis a nadie, mandádmelo a mi, os lo devolveré con todo el placer el mundo, ya lo sabéis.
Hasta la próxima….
P.D. Perdonad mis faltas de ortografía y si algo no se me entiende……., iré mejorando con el tiempo…… poco a poco…..